viernes, 21 de diciembre de 2007

El don de la justicia

El profeta Daniel tenía una profunda comprensión de lo que es la verdadera religión, comprendía cuál es la condición del hombre, y cómo ha de relacionarse éste con un Dios puro, santo, justo y misericordioso. En la oración que el profeta hace intercediendo por su pueblo, la cual se encuentra registrada en el noveno capítulo de Daniel, están expuestos los principios de la verdadera religión. Recomiendo su lectura. Llama en especial la atención el versículo 18, que dice:
Inclina, oh Dios mío, tu oído, y oye; abre tus ojos, y mira nuestros asolamientos, y la ciudad sobre la cual es llamado tu nombre: porque no derramamos nuestros ruegos ante tu acatamiento confiados en nuestras justicias, sino en tus muchas miseraciones.

Daniel no veía en las justicias del pueblo de Israel argumentos suficientes para solicitar la redención de su pueblo. Él apelaba a Dios basado en dos cosas: 1) La gran miseria y necesidad de su pueblo; 2) La gran misericordia de Dios. Y este mismo principio se aplica a todo aquel que se acerca a Dios. El pecador arrepentido buscará a Dios, no porque es digno de su favor, sino porque lo necesita; no porque es justo, sino porque necesita ser justificado; no porque sea puro, sino porque necesita ser limpiado. Apelará además a Dios confiado en que es misericordioso, y quiere rescatar al hombre. El perdón de Dios que justifica al hombre no es algo que se pueda comprar. Dios otorga su perdón de manera unilateral, y por lo tanto su justicia para el hombre es un don y por lo tanto es una bendición GRATUITA. No se adquiere con dinero, buenas obras, sacrificios o cualquier cosa que el hombre pueda producir. Tampoco tiene el hombre un derecho inherente al perdón, sino que Dios lo otorga de pura gracia. Dios no está en deuda con el hombre, ni puede adquirir deuda alguna. Es el hombre el que está en deuda con Dios, y es incapaz de pagarla por sí mismo. Por otro lado, Dios no cambia, y por lo tanto lo que haga el hombre no puede persuadirlo a tener una actitud diferente hacia el hombre. Si Dios quisiera destruir al pecador por la justa retribución de sus acciones, nada le haría cambiar de parecer, porque él es inmutable. De manera que si Dios perdona al hombre, es porque él quiere redimirle. Pero para recibir el perdón de Dios y el don de su justicia es necesario que el hombre se arrepienta. Nadie puede disfrutar de un regalo si no lo recibe. Y nadie apreciará algo que considere que no necesita. De manera que si alguien nos ofrece un regalo que pensamos que no necesitamos, o lo rechazamos o lo relegamos sin aprovecharlo. Así es el perdón de Dios, si el hombre piensa que no lo necesita será incapaz de aprovecharse de él. Sólo el pecador arrepentido es capaz de apreciar el don de la justicia de Dios y disfrutarlo. Sin embargo, hay un principio en el hombre, en su naturaleza, que le impide beneficiarse de la justicia de Dios, y es el principio o el sentido de la justicia propia. Este principio se manifiesta de varias maneras, a saber:
  1. Al no reconocer la condición caída del hombre, considerando que éste no es en verdad injusto y que no ha ofendido a Dios y no está en deuda con él;
  2. Al pretender que los actos de justicia, amor o caridad, constituyen mérito para obtener el perdón de Dios; si esto fuera así, la justicia de Dios no sería ya un regalo, y Dios estaría en deuda con el hombre que obra justicia.
  3. Al justificar el pecado atribuyendo sus causas principales a factores externos al pecador.
Estas tres actitudes impiden al hombre apropiarse del regalo de la justicia de Dios. La falsa religión es aquella que establece como medio la justicia humana como medio para relacionarse con Dios, reforzando alguna de las tres actitudes ya mencionadas. Concluimos con las palabras del profeta David:
Bienaventurado aquel cuyas iniquidades son perdonadas, y borrados sus pecados. Bienaventurado el hombre á quien no imputa Jehová la iniquidad, y en cuyo espíritu no hay superchería. Sal. 32:1,2.

sábado, 15 de diciembre de 2007

Dos descendencias, dos religiones

EMPERO Jehová había dicho á Abram: Vete de tu tierra y de tu parentela, y de la casa de tu padre, á la tierra que te mostraré; y haré de ti una nación grande, y bendecirte he, y engrandeceré tu nombre, y serás bendición: Y bendeciré á los que te bendijeren, y á los que te maldijeren maldeciré: y serán benditas en ti todas las familias de la tierra. Gn. 12:1-3.

Dios había prometido a Abraham que haría de su desendencia una gran nación, y que por medio de este pueblo serían bendecidas las naciones. Ya Abraham era anciano, y su esposa Sara, aparte de ser anciana era estéril. Es por ello que naturalmente se preguntaban cómo era que iban a tener descendencia. El anciano patriarca oró a Dios diciendo:
Señor Jehová ¿qué me has de dar, siendo así que ando sin hijo, y el mayordomo de mi casa es ese Damasceno Eliezer?... Mira que no me has dado prole, y he aquí que es mi heredero uno nacido en mi casa. Gn. 15:2,3.

A lo cual contestó Dios:
No te heredará éste, sino el que saldrá de tus entrañas será el que te herede. . . Mira ahora á los cielos, y cuenta las estrellas, si las puedes contar. Y le dijo: Así será tu simiente. Gn. 15:4,5.

Pero pasaba el tiempo y las dudas con respecto a cómo se cumpliría la promesa de Dios aumentaban. Entonces a Sara se le ocurrió una idea, y le dijo a Abraham: "Ya ves que Jehová me ha hecho estéril: ruégote que entres á mi sierva; quizá tendré hijos de ella" (Gn. 16:2). Sara quería ayudar a que la promesa de Dios se cumpliese, no podía creer que ella, de tan avanzada edad, y siendo estéril además, pudiese concebir. Así que recurrió a su sierva Agar para que Abraham pudiese tener descendencia de ella. Abraham consintió en este plan. Dicen las Escrituras:
Y Sarai, mujer de Abram, tomó á Agar su sierva egipcia, al cabo de diez años que había habitado Abram en la tierra de Canaán, y dióla á Abram su marido por mujer. Y él cohabitó con Agar, la cual concibió. . . Y parió Agar á Abram un hijo y llamó Abram el nombre de su hijo que le parió Agar, Ismael. Gn. 16:3,4,15.

Pero Dios tenía otros planes, y lo que quería hacer Dios no lo podía hacer el hombre. Dios se comunicó con Abraham nuevamente, y le dijo:
A Sarai tu mujer no la llamarás Sarai, mas Sara será su nombre. Y bendecirla he, y también te daré de ella hijo; sí, la bendeciré, y vendrá á ser madre de naciones; reyes de pueblos serán de ella. Entonces Abraham cayó sobre su rostro, y rióse, y dijo en su corazón: ¿A hombre de cien años ha de nacer hijo? ¿y Sara, ya de noventa años, ha de parir? Y dijo Abraham á Dios: Ojalá Ismael viva delante de ti. Y respondió Dios: Ciertamente Sara tu mujer te parirá un hijo, y llamarás su nombre Isaac; y confirmaré mi pacto con él por alianza perpetua para su simiente después de él. Gn. 17:15-19.

Dios confirmaría el pacto que había hecho con Abraham en Isaac, de manera que éste vendría a ser el representante de la religión verdadera. Ahora bien, veamos cómo el apóstol Pablo interpreta este episodio de la vida del patriarca:
Decidme, los que queréis estar debajo de la ley, ¿no habéis oído la ley? Porque escrito está que Abraham tuvo dos hijos; uno de la sierva, el otro de la libre. Mas el de la sierva nació según la carne; pero el de la libre nació por la promesa. Las cuales cosas son dichas por alegoría: porque estas mujeres son los dos pactos; el uno ciertamente del monte Sinaí, el cual engendró para servidumbre, que es Agar. Porque Agar ó Sinaí es un monte de Arabia, el cual es conjunto á la que ahora es Jerusalem, la cual sirve con sus hijos. Mas la Jerusalem de arriba libre es; la cual es la madre de todos nosotros. Gá. 4:21-22.

Para el apóstol, Agar y Sara representan dos religiones o dos pactos. La religión de Agar es aquella que se basa en el esfuerzo humano, en lo que el hombre puede hacer. Ismael nació del esfuerzo de Abraham y Sara por hacer cumplir la promesa de Dios, mientras que Isaac fue concebido milagrosamente según la promesa de Dios. La religión verdadera no depende de una descendencia carnal. Da igual si somos descendientes carnales de Isaac o de Ismael. Lo que importa es si tenemos la actitud de Abraham y Sara al ser concebido Isaac o Ismael. El apóstol Pablo dijo:
No todos los que son de Israel son Israelitas; ni por ser simiente de Abraham, son todos hijos; mas: En Isaac te será llamada simiente. Quiere decir: No los que son hijos de la carne, éstos son los hijos de Dios; mas los que son hijos de la promesa, son contados en la generación. Ro. 9:6-8.

Así que la religión que dió a luz a Ismael es la de aquellos que quieren justificarse delante de Dios guardando las obras de la ley, mientras que la religión que dió a luz a Isaac es la de aquellos que confían en las promesas de Dios para ser justificados. Estas dos religiones son antagónicas, y no pueden estar en armonía la una con la otra. Así como Caín asesinó a Abel, Ismael persiguió a Isaac y Agar se ensoberbeció contra Sara (Gn. 16:5;Gá. 4:29).

jueves, 13 de diciembre de 2007

Las dos religiones parte 4

4. En la religión verdadera se exalta la ley, mientras que en la religión falsa se niega la ley, ya sea de palabra y obra o ya sea de obra solamente.
Y guardaos de los falsos profetas, que vienen á vosotros con vestidos de ovejas, mas de dentro son lobos rapaces. Por sus frutos los conoceréis. ¿Cógense uvas de los espinos, ó higos de los abrojos? Así, todo buen árbol lleva buenos frutos; mas el árbol maleado lleva malos frutos. No puede el buen árbol llevar malos frutos, ni el árbol maleado llevar frutos buenos. Todo árbol que no lleva buen fruto, córtase y échase en el fuego. Así que, por sus frutos los conoceréis (Mt. 7:15-20).

En la religión verdadera, la obediencia a la ley moral de Dios no es el medio para reconciliarse con él, sino mas bien es el fruto de dicha reconciliación. Dios transforma el corazón del verdadero creyente de modo que de él puedan salir cosas buenas y resulte natural para el redimido conformarse a la voluntad de Dios. Nuestro Señor Jesucristo dijo: “No penséis que he venido para abrogar la ley ó los profetas: no he venido para abrogar, sino á cumplir” (Mt. 5:17). Por su parte, el apóstol Juan nos dice: “En esto conocemos que amamos á los hijos de Dios, cuando amamos á Dios, y guardamos sus mandamientos. Porque este es el amor de Dios, que guardemos sus mandamientos; y sus mandamientos no son penosos” (1 Jn. 5:2,3). El verdadero creyente no ve con fastidio el cumplimiento de la ley, y la observa de corazón, no solamente exteriormente.

Hay dos maneras en que la falsa religión socava la ley moral de Dios, lo cual hace principalmente por medio de sus profetas o ministros: 1) Al predicar los falsos profetas que la ley moral está abolida y que los creyentes están exentos de observarla; 2) cuando los falsos profetas o maestros, aunque exalten la ley en sus sermones, en la práctica contradicen sus palabras. De este segundo caso nos ocuparemos en más detalle en el próximo apartado. Jesús advirtió en contra de estos falsos profetas, que son los agentes propagadores de la falsa religión. Nos exhorta a probar a los maestros según sus frutos u obras.

Los falsos profetas, a diferencia de los verdaderos, son muy populares, porque apelan a los caprichos de la gente. Les presentan el camino fácil, y les hablan de libertad. El apóstol Juan dice de ellos: “Ellos son del mundo; por eso hablan del mundo, y el mundo los oye” (1 Jn. 4:5), y apóstol Pedro refiriéndose a estas mismas personas enseñó:
Porque hablando arrogantes palabras de vanidad, ceban con las concupiscencias de la carne en disoluciones á los que verdaderamente habían huído de los que conversan en error; prometiéndoles libertad, siendo ellos mismos siervos de corrupción. Porque el que es de alguno vencido, es sujeto á la servidumbre del que lo venció. Ciertamente, si habiéndose ellos apartado de las contaminaciones del mundo, por el conocimiento del Señor y Salvador Jesucristo, y otra vez envolviéndose en ellas, son vencidos, sus postrimerías les son hechas peores que los principios (2 P. 2:18-20).

Entendemos de esto que los falsos profetas dejan a la gente peor de lo que eran antes. Muchos, que se habían convertido a Dios y abandonado el pecado, por la influencia de un falso maestro volvieron a practicar las inmundicias que habían abandonado. Y todo esto bajo una falsa promesa de libertad. Lo cierto es que no hay libertad en el pecado, porque como dijo nuestro Señor: “todo aquel que hace pecado, es siervo de pecado” (Jn. 8:34). Por su parte, el apóstol Judas (no el Iscariote), nos advierte:
Porque algunos hombres han entrado encubiertamente, los que desde antes habían sido destinados para esta condenación, hombres impíos, que convierten en libertinaje la gracia de nuestro Dios, y niegan a Dios el único soberano, y a nuestro Señor Jesucristo (Jud. 1:4).

Cuidémonos pues de los falsos maestros y profetas.